jueves, 5 de abril de 2012

Manual para canallas / El infierno está lleno de señales

El infierno está lleno de señales


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Los días pasan tan rápido como las canciones de moda. Los chicos juegan en el parque con pelotas desinfladas, mientras los jóvenes estrenan sonrisas tímidas. Los ancianos ya no guardan optimismo para mañana, mientras las multitudes parecen seguir señalizaciones hacia el desfiladero.

En los ojos de una madre cabe todo el amor, pero también la desilusión, el ocaso de una vida sin sentido. Este país parece habitado por fantasmas, por seres transparentes que ya no sienten nada cuando se les cae el futuro a pedazos cuando el presente apenas es un esbozo. Esta gente siempre quiere ser mejor, pero siempre le gana la apatía, porque siempre que llega al andén el Metro se ha marchado. Nadie sabe a ciencia cierta qué hacer con sus propósitos: si guardarlos en una caja de cartón o darlos por caducados.


Los pobres somos legión y los ricos nos miran desde sus oficinas de lujo, sentados frente a la caja fuerte, de espaldas a una foto del presidente. En las aceras duermen los vagabundos y los perros se pasean frente a ellos. En los bancos, las tortillas, el cine, la fila del pesero, todos nos hacinamos y maldecimos el tedio, pero nos olvidamos de que los políticos, los poderosos, los banqueros, los funcionarios, los corruptos, los vendepatrias, los asesores de corbata, los amos de la farsa, los dueños del dinero, los sin escrúpulos, nos han ido acorralando, empujando al despeñadero, al país del desconsuelo, allí donde nadie sabe de sonrisas ni alegrías, ni descansos. Mi madre trabajó 30 años para una institución del gobierno. Y los priístas la recompensaron con un diploma ridículo y una pensión más raquítica que un gato famélico. Mi jefa siempre fue muy movida, bien chambeadora, nunca le llamaron la atención por reportarse enferma y tampoco le reprocharon alguna falta de compromiso. Pero la burocracia es un gigante egoísta que no distingue el bando de los responsables y el de los desobligados. Así que como miles de empleados, como tu jefa o igual que tu abuelo, mi madre pertenece a esa multitud de olvidados, a ese conglomerado que no sabe de un retiro digno en una casa de playa. En cambio, mi madre cojea un poco, de manera casi imperceptible, y tiene la columna desviada por un accidente de trabajo. Y no, nunca le dieron el tratamiento adecuado. Cuando mucho un cargamento de pastillas que no curan nada. Mi jefa tampoco necesita mucho, no se queja en lo más mínimo. Soy yo el que maldice a los miserables, a esos que la explotaron y luego exiliaron al olvido con un pinche diploma y una pensión que suena a burla si la comparas con los bonos de los diputados.



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Una mujer me mira con ojos que ya no brillan. Un anciano duerme soñando con su infancia. Aquel policía me observa con más desconfianza que rencor. Este país ya no nos pertenece. Nuestro es el suelo, el aire, los paisajes y el cielo. Todo lo demás tiene dueño. El teléfono, ese auto último modelo, el condominio, la escuela, el semáforo, la electricidad, el agua, la autopista, todo, todo tiene dueño. Y debemos pagar por ello, aunque a veces el precio no sea el correcto. Somos un ejército de bárbaros y queremos venganza y destilamos rencor y odio, pero poco hacemos para ser mejores, para morir luchando. Nos faltan arrestos y nos sobran vituperios. No tenemos valor para buscar un cambio. Es más cómodo ver la tele, contar los muertos por la narcoguerra, aplaudir a los que bailan, corear los goles, ignorar la violencia en Ciudad Juárez, fingir dolor ante las desgracias ajenas, sentir lástima por los niños hambrientos, destapar otra cerveza, votar por el más guapo, comprar discos piratas y cantar los éxitos del momento o suspirar por un aumento de sueldo. Los que tienen el poder lo quieren mantener.

Alguien está manipulando nuestros sueños o las pocas esperanzas que nos quedan. Ojalá que ese poder se les vuelva en contra, como un león de circo o un oso amaestrado. Ojalá que no nos dejemos engañar por los mentirosos, por los políticos de pasado turbio, por los que nos quieren dar pan con lo mismo. Ojalá cada día nos nazcan mejores ideas o al menos un nuevo entusiasmo para agarrar un libro, para informarnos, para que dejen de vernos la cara de pendejos.

Ojalá cada noche logremos dormir tranquilos, como los hombres buenos, como las madres nuevas, como quien cree que la vida todavía vale la pena. Somos legión y llegará el día en que nadie podrá derrotarnos. Disculpa si he sido un poco duro, pero es que me desespero porque veo una ciudad en llamas, un país sin alma y tengo la impresión de que las cañerías gruñen como las tripas de un pordiosero. A lo mejor sólo pasa que amanecí con resaca. O tal vez sólo sea que Nicanor Parra es un poeta que no se anda con rodeos: “Los delincuentes modernos/ están autorizados para concurrir diariamente/ a parques y jardines,/ provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo./ Los vicios del mundo moderno:/ Los trucos de la alta banca,/ la catástrofe de los ancianos.../ Los amigos personales de su excelencia./ El afán desmedido de poder y de lucro,/ la carrera del oro,/ la fatídica danza de los dólares./ Como queda demostrado,/ el mundo moderno se compone de flores artificiales.../ Y las almas nobles son perseguidas implacablemente por la policía./ El mundo moderno es una gran cloaca”.



Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico